
El cielo sobre Nueva Jersey amaneció indeciso aquel 25 de junio de 2026, pintado de un gris templado que no sabía si ser sol o ser tormenta. Pero mi pecho no tenía dudas, sería un día alucinante. Como parte del equipo oficial encargado de las ceremonias de apertura del Mundial, mi trabajo consistía en desplegar sobre el césped del MetLife Stadium las banderas de las naciones del mundo.
Crucé el continente en un vuelo solitario desde Ecuador, persiguiendo el propósito de sostener la bandera de mi propia tierra y alentar a los míos en su quinta cita mundialista. Un viaje que me tomó cuatro años de planificación y de soñar despierta, anticipando el momento en que volvería a acompañar, desde el propio césped, el latido del pueblo ecuatoriano.
A las diez de la mañana ingresé al coloso MetLife en Nueva Jersey vistiendo el uniforme de la organización mundialista, pero con el alma pintada de oro, azul y rojo. Desde muy temprano, el cemento del estadio ya vibraba. Éramos miles de apasionados tricolores que ya ensayábamos los cánticos de aliento para La Tri.
El fútbol ha estado siempre a la sombra de mi existencia, desde las rodillas raspadas en los recreos de la infancia y los campamentos vacacionales con el Deportivo Quito, hasta las tardes de graderío con el Aucas, la Liga y el Barcelona que heredé de mi familia.
Esta era mi segunda Copa del Mundo trabajando en el protocolo, pero esta vez el aire se sentía sagrado. Ese jueves me tocaba escoltar a mi propia selección por primera vez a su cita mundialista. Pasamos toda la mañana bajo el sol, ensayo tras ensayo, repitiendo el compás perfecto para abrir y cerrar las banderas de Ecuador y Alemania, dos gigantes que se verían las caras por primera vez en la historia.
Sin embargo, detrás de la precisión de mis movimientos, mi mente era un torbellino de nervios. La Tri necesitaba el triunfo sí o sí para asegurar su pase directo en la fase de grupos. Este partido era la frontera exacta entre la gloria de seguir adentro o el dolor de despedirse una vez más. Esa presión hacía que me costara asimilar la realidad, estaba a escasas horas de caminar por el césped en compañía de los mismísimos seleccionados ecuatorianos.
A las 15:20, la magnitud de la realidad empezó a inundar mi ser. Nos escoltaron hacia las entrañas del estadio, a esos túneles fríos donde la luz se esconde y donde buscamos nuestras marcas asignadas en la gigantesca tela. Había hecho este ritual tres veces antes en el torneo, pero esta vez se sentía muy diferente, esta vez afuera no había hinchadas ajenas, afuera estaba mi pueblo.
Dentro del túnel, la acústica del mundo cambió. Las paredes de concreto temblaban, sacudidas por el zapateo unísono de una marea humana. En medio de esa penumbra, Antonio Valencia pasó junto a nosotros; su saludo breve, cargado de una bendición veterana, fue el aliento final y una breve pausa de nervios.
De pronto, a tan solo 10 minutos para el arranque del partido, la señal de mi líder me cortó el aire. Mis pies, habituados a correr, se congelaron por los nervios de tropezar. Un hormigueo eléctrico me recorrió la espina dorsal. Avanzar fue aprender a caminar de nuevo, un paso torpe y titubeante, dejándome arrastrar por la inercia de mis compañeros de protocolo mientras sosteníamos la lona.
Salir de la oscuridad del túnel a la inmensidad de la cancha, justo a las cuatro de la tarde, fue como mirar el sol por primera vez. Sentí el ardor en mis ojos ante la explosión de luz y gloria tricolor que me rodeaba. Todo se volvió irreal y el miedo me invadió, pero mi espíritu se rebeló, estaba obligada a grabar ese momento para siempre.
Ahí, sobre el rectángulo verde, me descubrí diminuta. Una hormiga en un palacio de gigantes. El graderío era una pared vertical de pasión que nos gritaba en la cara con un pánico escénico que me dejó sorda por el bullicio: “¡Vamos, ecuatorianos!”.
Sentí el sol fresco besándome la frente, mientras una gota de sudor me resbalaba por la mejilla. El arco se alzaba imponente. ‘No te caigas, por favor no te caigas’, me repetía como un mantra, jalando la bandera con más rapidez a medida que la emoción me ganaba.
Cuando por fin alcancé el centro de la cancha, el universo se detuvo. Me quedé ahí, inmóvil en posición militar, una joven de apenas 23 años sosteniendo el orgullo de su patria ante 3.605.357 espectadores.
Y entonces, el universo se detuvo. Los jugadores salieron a la cancha. A pocos metros, vi a Enner Valencia, a Piero Hincapié, a Willian Pacho, a Moisés Caicedo, a Gonzalo Plata, a Pedro Vite, Hernán Galíndez, Alan Franco, Kendry Páez. Me clavé las uñas en las palmas para convencerme de que esto era real. Estaban espalda con espalda conmigo. Contuve el impulso casi infantil de romper la fila para abrazar a Hincapié y la cordura que exige el uniforme.
Llegó el momento supremo. Los primeros acordes del Himno Nacional resonaron y, por un segundo, el impacto me borró las letras. Pero la patria se canta con la memoria del alma. Las estrofas brotaron limpias mientras sostenía mi posición con la mano en el pecho.
No podía parar de mover la cabeza de esquina a esquina, tomando fotos mentales de cada rincón. El aire olía a una mezcla de césped, canguil, cerveza y un aroma invisible: el olor al triunfo. El calor se disolvió en un trance de pura felicidad.
Antes de retirarnos para dejar el escenario listo, el destino me concedió un último milagro. Hice contacto visual con Pedro Vite. Le sonreí y en ese milisegundo de complicidad absoluta, juraría que me leyó la mente: “Hoy la rompen, hoy ganamos”. Su mirada fija, cargada de una certeza silenciosa, me devolvió la misma fe.
Minutos después, ya cambiada de ropa y sentada como una espectadora más en las gradas altas, contemplaba la cancha. Todo se veía minúsculo, como un universo de legos. Sonreí con la certeza de los elegidos, yo había estado ahí abajo, mis pies pisaron ese suelo sagrado.
El pitazo final selló el milagro: Ecuador 2, Alemania 1. Ellos ganaron tres puntos históricos, pero yo gané una memoria imborrable. Sostuve el orgullo de mi país ante más de tres millones de almas en el estadio y muchas más en televisión, sintiendo el hermoso e inexplicable poder de ser admirada y parte de la historia.

